The Cure, el sexo, y yo.

Solo para aclarar: Tú no alcanzas las pubertad; la pubertad te alcanza a ti.

 

Oh Dios mío, ¿nunca les han dado ganas simplemente de cogerse a todo el mundo? En serio, ¿nunca sintieron la imperiosa necesidad de hacerle el dulce y salvaje amor a básicamente cualquier extraño que veían y se les antojaba? ¿No les era confuso tener catorce años y andar acelerada por todas partes como si algo horrible estuviera sucediendo? ¿Es la adolescencia EL HORROR MISMO?

 

Desde que era pequeña sabía lo que era el sexo — o al menos sabía qué era qué, qué embonaba en dónde y qué es lo que hacía la gente para hacer gente nueva — pero una vez que las hormonas encontraron su camino, comencé a sentir lo que era el sexo. Comencé a leer a Henry Miller religiosamente y casi me desmayaba de emoción ante los sórdidos relatos sexuales de las mujeres mayores que me rodeaban (hacía muchas preguntas). Y lo que es peor: Comencé a relacionar el sexo con la naturaleza siempre tan compleja del amor. Todos lo hacemos en ese punto de alguna manera. Duele y tiene el potencial de arruinarte para siempre.

 

Pero incluso cuando mi fascinación por el sexo-amor-magia estaba en pleno apogeo, todavía no lo tenía, en lo absoluto. Yo era la niña gordita y medio gacha en un salón de clases donde todos eran un par de años mayores que yo. Ese mundo de las citas, los silencios incómodos y los gloriosos besos de lengua estaba a años luz de distancia. Pero hey, era una friki solitaria, y hay algo acerca de personas como nosotros que era tan cierto en aquel entonces como lo es hoy: somos extremadamente creativos al buscar formas de masturbarnos. Mis sábanas veían tanta acción en ese entonces que qué bueno que los objetos no hablan. Lo importante de este punto es que me convertí en una experta en construir fantasías sexuales.

 

Descubrí a The Cure a través de una joven pareja que vivía al lado de casa de mi abuela. Ambos estaban hermosos, y siempre, SIEMPRE que volteaba hacia ellos, los veía sonrientes, dándose un beso, o haciendo contacto de alguna manera, con la mirada fija el uno en el otro. Ponían el disco Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me a todo volumen, todos los días como por dos meses. Pero la canción que más repetían, y lo hacían a cada rato, era “If Only Tonight We Could Sleep”. Siempre volvían a esta canción, especialmente de noche. Cada vez, imaginaba que tenían el sexo tántrico más húmedo y apasionado de todos los tiempos. Cada vez, la imaginaba a ella montando a su hombre hasta el éxtasis, mientras él tiraba de su cabello largo, café y rizado. No podía evitar comenzar a tocarme mientras me concentraba en tratar de escuchar los sonidos que emanaban de esa habitación; o bueno, al menos hasta que yo comenzara a emitir mis propios ruiditos.

 

 

Esas imágenes que formaba en mi cabeza eran mi placer personal (vaya que lo fueron), pero el amor que percibía en esos dos, los besos que se daban y las sonrisas que compartían, me dieron una gran lección de vida. Me hicieron darme cuenta de que lo que realmente quería era conectarme con alguien a ese nivel. Compartir algo tan íntimo con una persona que sintiera lo mismo por mí. Besarse así. Tocarse así. Sonreírse así.

 

Al fin de cuentas, ¿no es eso lo que todo mundo realmente quiere?

 

Y sigo queriendo.

 

Y sigo buscando.

 

 

Texto: Svetlana T.

Traducido del ruso por Af Helvegum.

 

 

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