Enjoy The Silence

Bienvenidos sean todos a Voces, la sección de opiniones, testimonios, confesiones y ensayos personales de Radio Pánico. En esta ocasión, Celeste Chávez nos habla de la música, el silencio, y el rol de ambos en la batalla diaria por la salud mental.

 

Hablar de depresión, hablar de ansiedad, hablar de enfermedades mentales es un enigma, es un tabú, es una aberración. ¿Qué haces cuando te está ocurriendo lo indecible, lo prohibido, lo incomprendido? Cuando el mundo ─ tu mundo ─ se está rompiendo en mil pedazos mientras te ahogas dentro de ti mismo. ¿Qué haces? Naturalmente, escuchas música.

 

Un cuadro de ansiedad y depresión es tan personal como hacer el amor. Cada quien tiene sus peculiaridades, sus puntos máximos, sus triggers, sus fetiches, sus turndowns.

 

Continuemos en la parte donde ansi/depi (llámemoslos así, suena bonito) poseen un diseño tan propio que necesitamos a un dios personal para que nos saque del atolladero. Estos monstruos no distinguen género, ni posición social ni nada; son, ese es el punto, son y no te dejan ser, o por el contrario, son, y quieren que seas. ¿Cuál es tu decisión? A los 16 decidí ser, aguantármelo, fusionarlo con una parte de mi cerebro que se emocionaba al escuchar “I’m not okay de My Chemical Romance (no me rompieron TANTO el corazón cuando me enteré de su separación, ¿ven? Signos de psicopatía). Durante este período se incubó lo que más adelante sería clínicamente ansi/depi con pastillas y todo el desmadre que eso conlleva.

 

 

Pero, hey, a los 16 la música era más efectiva, al menos en mi caso. Junto a los fallecidos MCR, se encuentran ni más ni menos que The Rasmus (Dead Letters, cómo no, aunque fueron un poco antes a MCR), y Evanescence con su Fallen. No es una cronología en el tiempo, y no planeo que así sea, estas son solamente las tres bandas que me sacaron del atolladero desde los 13 hasta los 17 años, más o menos, bandas más, bandas menos, pero estas se mantuvieron fieles junto a mi en ese infiernillo de mierda llamado adolescencia. Y en lo que actualmente se conoce como el infiernillo de mierda llamado vida (porque algunos somos eternos adolescentes, qué se le va a hacer).

 

Escuchar “Going Under” mientras no había salvación era el equivalente a media caja de Valiums, escuchar todo Fallen era el antídoto para sobrevivir un día más, una hora más, una clase más. Es bastante curioso la forma en que, sin saberlo siquiera, se van construyendo los entornos para que algo más inicie su incubación y su nacimiento; pero solo lo puedes ver con los ojos del futuro ya vivido.

 

A los 23 la bomba se detonó, podría pensar que de forma estruendosa. ¡Pum! y ya, pero fue una bomba que puso sus huevecillos en mis venas, en mi mente, en mi corazón; homemade venom, receta casera, veneno hecho a la medida. Un poco de ansiedad por aquí (hey, pero hace unos segundos estaba tan bien), un poco de llanto por acá (y no, no era el pre ni nada), una pizca de volatilidad, un poco de esto, un poco del otro; ansi/ depi habían hecho una entrada triunfal, ¿quién les iba a negar la entrada si habían trabajado por años para llegar hasta aquí?

 

El veredicto: Fluoxetina. Terapia psicológica y pastillas. Y agregué algo más: Silencio, libros y abrazos. ¿Y la música? Opté por el silencio, opté por quedarme con mis demonios en la misma sala, ya no de buscar fortaleza donde ya no la había, ya no de agarrarme de una canción y de exprimirla hasta que no quedara nada de ella. No, opté por no refugiarme, por vivirlo. Bring it on, pensaba, y así sucedía.

Y la verdad es que no soportaba ni escuchar televisión, ni ver películas, ni escuchar música, nada. Tal vez eso necesité. Debo confesar que precisamente en este momento me tiemblan las manos al someterme a este examen de recuerdos, solo se que no saldré intacta. Siento que algunas lágrimas bandidas pelean por salir, las siento empujarse desde el fondo de mi olvidado corazón. No se si sean lágrimas que aclaman victorias pasadas o aquellas que se regodean en el sufrimiento propio.

 

Opté por el silencio. Solo éramos mis ataques de ansiedad y yo, mis llantos espontáneos y yo, mis ganas de vomitar la comida recién ingerida y yo. Solita con mis amiguitos (o enemiguitos) imaginarios. El veneno estaba en todo su esplendor, una vorágine constante de sensaciones ausentes y pensamientos dañinos, all-in-one. Y el silencio, mi antiguo enemigo de armas tomar, se había convertido en mi aliado, habíamos hecho una tregua. Me ayudaba a sanar, a llenar mis pensamientos con él para descubrir el punto de quiebre y empezar a recuperarme a mí misma, porque me había perdido por completo. Me había transformado en alguien que había desaparecido a la vista de todos, y necesitaba limpiarme desde adentro.

 

Era un fantasma visible, una aparición corpórea, y no tenía paz. Intenté regresar con mis viejos guardianes, a ponerme a salvo bajo sus negras alas, pero nada de eso resultó. Este nuevo y viejo conocido era más fuerte que yo, y necesitaba hacerle frente sola. Renuncié por algún tiempo al placer de la música, de escucharla y sentirla, porque en ese momento sentía todo y nada a la vez. Era un mar de sensaciones, y al mismo tiempo estaba muerta en vida. No disfrutaba. Y punto.

 

Me hice una promesa a mí misma: Regresaría, sentiría lo que sentía cuando escuchaba la voz de Adrian Hates (Diary of Dreams) con su “She and her Darkness, cuando Nina Simone me cantaba con el más puro amor “I Put a Spell on You” y me derretía al oírla, y cuando quería patear a todos al escuchar “Symphony of Destruction” de Megadeth. Me gusta pensar que cumplí esa promesa.

 

Meses de pastillas y de consultas al psicólogo permitieron que de trinchera en trinchera me fuera encontrando a mí misma, un paso a la vez, un día a la vez. Una nota musical, una canción, una letra a la vez. Sobra decir que disfruté silenciosamente cuando por fin pude escuchar una canción completa sin sentirme prisionera de mis propios padecimientos, ni de sentirme culpable por haber sido incapaz de disfrutar de mis gustos pasados.

 

 

 

Texto: Celeste Chávez

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