“El sueño del mara’akame”, entre el retrato y la representación

Este fin de semana se estrenó la cinta de Federico Cecchetti que narra la historia de un joven que debe tomar la decisión más importante de su vida: realizar su sueño de ser músico o seguir los pasos de su padre. 

Por: Alejo Vázquez

En nuestro país pocas películas deciden atreverse a contar historias entrañables que puedan tocar las más ocultas fibras sensibles del espectador. Ya sea porque comer es una necesidad básica que no podemos dejar pasar o porque la industria se mueve con números y no con aplausos del público cuando ha terminado la cinta. Sin embargo, con su ópera prima, acreedora del premio OJO a primer largometraje mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia, el cineasta Federico Cecchetti  no sólo ha podido llevar a la pantalla grande una historia que puede ser semejante a la realidad de cualquier chic@ que atraviesa la adolescencia, sino expresar a través del lente la riqueza que ha permanecido oculta (como ocultados viven nuestros personajes entre los árboles y las montañas) de la cultura; tradiciones, escenarios y complejidades que se vive día y día en la comunidad wixárika (huichola) de San Andrés Cohamiata, en San Luis Potosí. 

Nieri es un joven indígena huichol, cuyo sueño es viajar con su banda musical a tocar en un concierto en la gran ciudad de México. Pero su padre que es un Mara’akame (chamán huichol), tiene otros planes para él, pues debe seguir su tradición y encontrar al venado azul en sus sueños, para así poder aprender a sanar y convertirse en Mara’akame.  

La dirección de Cecchetti  y la fotografía de Iván Hernández se mezclan para que nuestros ojos capten, por un lado, la historia de un joven que realiza su propio viaje de auto- descubrimiento conociendo los ritos ceremoniales de su comunidad y al mismo tiempo el adentrarse a un viaje místico –que bien podría ser un viaje al más allá- por las calles de la ciudad y las montañas de Wirikuta. Ambos espacios (uno rural y otro urbano) irán perdiendo sus límites espaciales y se convertirán en uno solo para guiar a nuestro protagonista de nuevo al orden y la calma que necesita para saber quién es y por qué está aquí. Precisamente ahí se encuentra la genialidad de narrar historias, pues la película no sólo nos cautiva con tomas abiertas al horizonte de San Luis Potosí, ver los peñascos y los ríos o sentir el arder del fuego cuando todos se reúnen a cantar los himnos rituales en una noche oscura. La cinta siempre jugará con el sueño y la representación, es decir, no sabremos si lo que pasa ante nuestros ojos es una vívida experiencia del joven Nierime al descubrir la ciudad y tocar en un concierto o la esencia mística de Wirikuta lo acompaña y transforma todo el entorno en un sueño, sueño que sólo él podrá darle significado y así completar su aprendizaje.  

Pero Nieri no es el único que realiza un viaje, también nosotros lo hacemos con él y somos participes de la realidad que viven los pueblos originarios de la República Mexicana: el ceder a un hermetismo para defender sus territorios, lo que provoca abrir su cultura a una vida distinta. La historia de Nieri tiene el poder –y ventaja- de ser común para cualquiera: un chico se revela en contra de las prácticas que las figuras de autoridad le dictan que siga, pero, lo que hace rica esta historia son los entornos y las imágenes extraordinarias que vemos. Nos ponemos en los zapatos de Nieri porque alguna vez quisimos romper las reglas y descubrir el mundo con nuestros propios brazos, pero también simpatizamos con el padre, ya que lo único que busca es ayudar a su hijo  a encontrarse así mismo.  

Así volvemos a la realidad, curiosamente la escena más climática de la obra por su belleza y provocadora, el encuentro entre padre e hijo ante una realidad cruda: el futuro acechador de su comunidad es amenazado por las máquinas del hombre urbano. 

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Jordy Vital Autor