De jazz y otras perversiones


Por: Anahí G.Z.

El Ardor. Perdido en las calles de Nueva York, Jack Kerouac imaginaba un destino utópico en el que su palabra fuese un rezo sublime, dedicado a la metamorfosis de la ruptura. Con el alcohol deslizándose en su sistema, sostenía apenas la cabeza para escribir; escribir hasta los confines del destierro; escribir para no dejar que el hambre se volviese agonía; escribir en honor a las pulsiones de la dialéctica terrenal.


En el camino es  un texto arropado por la violencia que reviste al cuerpo en sudor. Gary BB Coleman inmerso en su prosa, con el signo irrevocable de la tristeza y el espacio que remite al ahogo: deja que el cielo llore, que el sexo carbonice, que el whisky  marque los días.

La novela invita a salir de las cuatro paredes, a escaparse del encierro para conocer la amistad, el amor, el odio, la traición y terminar en México sobre el pasto rebosante de insectos.

Texto escrito desde la entraña, a partir de recuerdos y vivencias. Tom Wolfe decía: “primero sal de  casa. Luego siéntate a escribir”. Camina, llénate los talones de lodo, haz el amor, lee, embriágate, corre, después invoca: escribe.

Jack es el cronista de América, el ansioso que deseó los prehispánicos misterios del pueblo mexicano. Parménides García Saldaña opinaba que Kerouac le enseño a Allen Ginsberg a Aullar; incluso hay quienes dicen que Bob Dylan existió gracias al viejo beat y sus pantalones de mezclilla.

En el camino son las carreteras y las personas, es un callejón abandonado, son los pies de un vagabundo; es la adoración por las emociones que escuecen; son los indios y las raíces de nuestro mundo; es el cosmos fundido con los mágicos ojos de un bebé; es Nueva Orleans, una selva, un tabaco…

Oración. Hay una persona anterior a leer On the road y otra posterior; el verdadero viaje comienza cuando se cierra el libro para dejarlo arrumbado sobre el buró y sus líneas se quedan bailoteando en la cabeza, indómitas, imposibles de censurar.

La novela cuenta las travesías de Sal Paradise a lado del histérico Neal Cassady. Se sabe que el libro es un relato sobre los viajes que Kerouac compartió con Dean Moriarty, Allen Ginsberg y William Burroughs, entre muchos otros amantes de la lírica emancipada.

Nueva York, Ciudad de México y Chicago, son algunas de las zonas que el libro recorre como un fantasma; a bordo de coches desvencijados, en compañía de desamparados hombres violencia, mujeres con piernas de lava, el protagonista desquicia los callejones y grita en el idioma de las bestias para fundirse con el estado tribal.

La obra era un canto que llamaba a los hipsters  para gozar con Billie Holliday. ¿Quiénes eran los hipsters? Átomos de la subcultura naciente en los años cuarenta, antecesores de los hippies: existencialistas, pobres auto-impuestos, jóvenes con los bombardeos de la segunda guerra mundial todavía retumbándoles los oídos. Huaraches, estilo bohemio, libros bajo el brazo, barbas prominentes  y astrología, eran algunos de los ingredientes agregados a sus aires de revuelta.

“Aquellos hipsters locos e iluminados que aparecieron de pronto y empezaron a errar por los caminos de América, graves, indiscretos, haciendo dedo, harapientos, beatíficos y hermosos”, escribió el autor.

En la Elegía por Jack Kerouac, el Ondero García Saldaña se refirió a los beat como: “esos vagabundos solitarios que en la década pasada, empezaron a buscar a Dios y al hombre, a través de otros conceptos muy alejados del American Way Of Life”. Porque su rumbo iba lejos del establishment,  de las cabañas perfumadas olor a lila; su vida estaba en la experimentación y la hecatombe.

Siguiéndole los pasos. En el camino comenzó su historia abstracta en la nación del Tío Sam, hasta que un día se materializó en un rollo de papel de unos 36 metros de longitud donde Jack mecanografío su novela; obra escrita con un método rítmico que emulaba las síncopas del jazz.

Miembro de una familia católica, fijó su interés en las estrellas, el misticismo oriental y el budismo. Ansioso por conectarse con el todo, no dudó en experimentar con drogas, sobre todo aquellas que representaban maestrías espirituales para las culturas milenarias, tales como los hongos alucinógenos, el peyote y la Ayahuasca.

La vida del escritor tiende a distorsionarse por  las leyendas urbanas que engrandecían o sepultaban su figura. Según la también escritora Joyce Johnson, el gurú nunca logró cortar el cordón umbilical que lo mantenían fiel a su madre: «(En el camino) Me impactó mucho porque me dio la sensación de que hablaba sobre mí, sobre mi propia lucha. Hijos que tenían que romper con su familia, con la sociedad, aunque él nunca se atrevió a romper con la suya. Es curioso, ¿no?», mencionó para el diario español El País la mujer que por dos años mantuvo una relación romántica con Jack.

Su vida seguirá sumida en un halo combinado con el mito y la certeza; lo único seguro es que murió el 21 de octubre de 1969, a los 47 años de edad, víctima de una hemorragia abdominal masiva, consecuencia de sus excesos con el alcohol.

Para Johnson el remate trágico fue más bien un momento previsible, imperioso si se seguían los pasos del autor; siempre dispuesto hacia una cantina o algún cuartucho destartalado donde el brandy fuese anfitrión de la verbena.

La muerte llegó a pisotear sus pantalones de manta, a degollar las poesías que esperaban salir disparadas por su vientre, a eliminar a Kerouac, el de los ojos linternas del vacío, el que retornará siempre que alguien repita en voz baja: “la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ´¡Ahhh!´”.  

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Jordy Vital Autor